
Dos semanas atrás, un par de amigos de Maracaibo nos trajeron la Navidad por adelantado: preciosos regalos de mami para Samuel y para mí. Para mi bebé, sus primeros zapatitos y un trajecito celeste de algodón con muñequitos, de esos con los que me lo imagino en la mañana, risueño y recién levantado... antes de que le entre uno de esos ataques de hambre. Para mí, una pijamita (que ya me estrené) y para los dos un libro: 100 cosas que puedes hacer para amar a tu hijo.
Dentro del libro venía una carta, de esas que me derriten con la letra de mi mamá. He descubierto —no sin cierta sorpresa— que es cierto aquello de que la relación con tu madre cobra una nueva dimensión cuando una misma comienza a crecer en ese papel. Conversando con ella por teléfono, me sorprendió gratamente compartir esas "molestias" del embarazo, como cuando el bebé se estira dentro de ti y parece querer salir a través del ombligo... no sé porque siempre me impresiona percatarme de que ella es una mujer y no una suerte de ser semi-etéreo y asexuado.
Recuerdo, por ejemplo, que entrando en mi adolescencia una vez le pregunté si ella le había dado un beso (francés) a papi alguna vez; a lo que ella me respondió: —¡Uno? Me quedé como en shock, porque habiendo muerto mi papá cuando yo tenía tres años, nunca antes había sumado dos más dos con ella para entender que también había sido joven y había experimentado todas esas cosas que yo aún ni imaginaba de la vida.
Hoy que la ingenuidad ha quedado muy atrás (o al menos eso espero), aun no deja de sorprenderme el descubrir nuevas facetas en la mujer que es mi mamá. Ayer me decía, respecto del libro que me regaló, que hay algunos consejos en él que desconocía y se reprochaba a sí misma por no haber sido cariñosa con nosotros. Buscando ella misma explicaciones, me comentó que no recuerda haber recibido un beso de mi abuelita en toda su vida y que tras la muerte de papi, su mayor preocupación era trabajar para sacarnos a sus ocho hijos adelante. Y así hizo.
Mientras ella me decía eso, yo recordaba las veces que me dormía enrollada con ella mientras me cantaba "Niño chiquitico"; sus risas cuando yo le caía encima con una cadena de besos interminables; su expresión alegre cuando le llegaba —descalza y en pantaletas— con un ramito de flores robadas del vecindario... y tantos otros momentos en los que su cariño nunca estuvo en duda para mí. Yo me pregunto ¿qué le hemos hecho nosotros, sus hijos, para que ella se sienta menos diligente como madre en cualquier medida?
Todos (o casi todos) los seres afortunados que hemos conocido a nuestra madre y convivido con ella probablemente juremos que la nuestra es la mejor y que no hay nadie que se le compare. Yo, siento esa certeza profundamente: mami, no hay nada en esta vida que hubiese querido diferente en tu manera de ser. Para mí has sido, eres y siempre serás la madre ideal... y por siempre serás mi modelo a seguir frente a Samuel.
Al fin de cuentas, ¿cuántas personas pueden darse el lujo de decir que su madre cambió de ciudad y de trabajo dos meses después de enviudar y echó para adelante con ocho hijos por sí misma a finales del siglo pasado? Considerando nuestra sociedad machista, ¿no se antoja eso incluso más difícil de lograr?
La semana pasada me fui con mi amiga peruana Pamela a un spa para que nos consintieran un poco. Nos dieron un masaje de una hora —de mujer embarazada para mí— y luego nos quedamos un rato comiendo yogur con frutas secas, uvas y chocolate, hablando de todo y de nada. Fue riquísimo, tanto que desde ese día la hinchazón de mis pies casi desapareció. Pero, después de un gusto... como de regreso a casa nos cayó la lluvia (pese a los paraguas, botas y abrigos) me pesqué un resfriado que se convirtió en bronquitis :(
No me ha dado fiebre, pero si me he sentido fatal con una tos horrorosa y bastantes problemas para respirar. El médico me asignó reposo por toda la semana y eso he hecho. Nada de antibióticos porque aquí son más duros que sancocho e' tuercas con el tema, pero sí un par de bombitas para desinflamar las vías respiratorias y ayudarme a respirar.
Por si fuera poco, con todo el tema del peso del barrigón y la bronquitis, me la paso roncando como un camionero y no dejo dormir a Cabana. En estos días me contó que soño que lo estaban persiguiendo en una moto y cuando se despertó, la moto era yo, con el escándalo de mi roncadera... qué irregularidad, jejeje...
A todas estas, Samuel ni se da por enterado. Él está feliz en mi barriguita y me lo hace sentir cada vez más y con más fuerza. El segundo médico al que fui me puso a escuchar sus latidos y me dijo: —"bébé est content"... y si bébé está contento, mamá también :D

















